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Béjar2019-10-31T11:29:30+00:00

Una gran lápida sepulcral de granito con caracteres en hebreo es considerada la primera prueba física de la existencia de una comunidad judía en Béjar. Según algunos estudiosos la piedra -cuya inscripción dice «Doña Fadueña, descanse en gloria, gloriosa princesa en lo interior»– se remontaría a la segunda mitad del siglo XII, mientras que otros la sitúan en la primera del XIII.

También hay referencias a los judíos en el Fuero de Béjar, redactado a imagen del de Cuenca y dado también por el rey Alfonso VIII a finales del siglo XII, poco después de la repoblación de la ciudad, en la que todas las fuentes apuntan que participaron familias judías que quizás se unieron a otras que ya vivían allí antes de la conquista cristiana.

Casi medio centenar capítulos de este fuero se dedican a los judíos o hacen referencia a ellos. Entre las normas que se recogen están que se les permitía jurar ante la Torá en los juicios o disputas que tuviesen, incluso aunque la otra parte fuese un cristiano, y también se señalaban los días en los que podían acceder y usar los baños públicos, que eran los viernes y los domingos.

Lápida y fuero nos recuerdan, por tanto, que hubo sefardíes de forma permanente en Béjar durante al menos tres siglos. Una comunidad que debió de ser importante ya que según el Padrón de Huete, elaborado en 1290-1291, la aportación en impuestos a la corona era notable. Además, la de Béjar no era una simple comunidad, era una aljama, es decir, que contaba con todas las instituciones propias de una comunidad judía como su sinagoga o su tribunal y su juez, funcionando incluso con un cierto nivel de autonomía sobre muchas decisiones de la vida social, económica y religiosa de sus miembros.

La historia judía de Béjar se puede seguir en los siglos siguientes, sobre todo en el XV, del que hay abundante documentación, pero también en el XIV, en el que se registra -lo hizo Yitzhak Baer en su Historia de los judíos en la España cristiana– el proceso a un malsín, un delator o denunciador de la judería, que llegó a demandar la intervención real. Como en el caso de otras comunidades extremeñas, a finales de esa centuria la de Béjar creció de forma significativa gracias a los sefardíes que huyeron de la violencia desatada en 1391.

Años más tarde, documentos que se guardan en la Sección de Osuna del Archivo Histórico Nacional cuentan como los judíos de Béjar y Hervás ‘donaron’ 400 maravedíes al conde de Plasencia para comprar el ajuar de su hija. Los impuestos son de nuevo los que llevan a la aljama de Béjar a otra relación, en este caso el Repartimiento hecho a los judíos del Rabí Jacob Aben Núñez, que consigna como en 1474 la aljama bejarana, que incluía a la comunidad de Hervás, recaudó 7.000 maravedíes para el tesoro real.

En los últimos años antes de la expulsión se estima que la población judía de Béjar era el 20% del total, y de ese momento se conservar escrituras de las ventas de casas y terrenos hechas apresuradamente tras la publicación del Edicto de Granada. También se sabe de algunos que se convirtieron e incluso de otros que volvieron a Béjar tras partir primero y haberse convertido después, mezclándose desde entonces con la población de forma que casi dos siglos después el arcipreste de la iglesia de San Juan, Jerónimo González de Lucio, aseguraba en el Sínodo de Plasencia que “los cristianos viejos en Béjar no son fáciles de hallar”. Aún en esa época se tiene noticia de causas que se habrían contra los llamados «criptojudíos», los conversos que presuntamente aun mantenían costumbres y prácticas hebreas en secreto.

Bejaranos sefardíes ilustres

La aljama de Béjar fue la cuna de algunos sefardíes ilustres como Hayyim ibn Musa (1390-1460), un importante médico, que atendió a miembros e la nobleza y la realeza y que fue también un reputado comentarista bíblico que participó en numerosas disputas religiosas. Algunos de sus comentarios religiosos se reunieron en un libro, La lanza y el escudo.

También nació en Béjar, si bien muy poco antes de la expulsión, Francés de Zúñiga, también conocido como Francesillo y cuya familia se cree que se bautizó a raíz del decreto de expulsión. Fue bufón al servicio del Duque de Bejar y llegó a estar durante seis años al servicio de Carlos I, periodo en el que escribió una crónica violentamente satírica sobre la corte del emperador que estuvo a punto de costarle la vida y que tuvo un tremendo éxito, pese a circular sólo como manuscrito (de hecho, no se imprimiría hasta el siglo XIX).

La judería de Béjar

La joya de la judería de Béjar es el Museo Judío David Melul, un gran regalo que el propio David Melul hizo a una ciudad en la que estudió en su juventud y de la que se enamoró. El Museo está en una casa solariega del siglo XV, en el centro de una de las zonas monumentales de la ciudad. Está en la trasera del antiguo palacio de los Duques de Bejar y en sus tres plantas se puede encontrar una interesantísima colección sobre la vida de la España sefardí, antes y después de la expulsión de 1492, ya que hay salas dedicadas tanto a los conversos que se quedaron en nuestro país como a los que decidieron mantener su fe y emigraron.

La colección incluye piezas excepcionales como la lápida sepulcral de Doña Fadueña, de la que ya hemos hablado, elementos originales de las ceremonias religiosas judías, antiguas llaves de casas sefardíes, documentos relacionados con las comunidad judía, así como otras piezas que nos hablan de la vida cotidiana en la edad media, como monedas, piezas de joyería o alfarería…

Aunque tradicionalmente se atribuía otra ubicación, los expertos sitúan actualmente el barrio judío de Béjar en la zona conocida como Barrio Nuevo, extramuros de la villa antigua, una zona a la que se accedería a través de lo que aún se conoce como Cuesta de los Perros y que se prolongaría hasta el convento de San Francisco. En cualquier caso, también se dice que lo más probable es que familias judías viviesen en otras partes de la villa, mezcladas con las cristianas. De hecho, hay restos de un buen número de casas de las familias judías y especialmente de las de las familias conversas, en las que las que, por ejemplo, los huecos para la mezuzá de las jambas de granito fueron reconvertidos en cruces de curiosas formas.

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